Reprograma tu mente. Rediseña tu vida.
No eres tus pensamientos. Pero sí eres responsable de lo que haces con ellos. La psicología basada en evidencia tiene herramientas concretas para transformar los patrones que te limitan — sin rodeos.
Terapia Racional Emotivo Conductual
Exposición y Prevención de Respuesta (ERP)
Integración psicoterapéutica post-experiencia
Informes IA post-sesión
Seguimiento por WhatsApp
Identificamos los pensamientos automáticos y creencias que disparan el malestar emocional.
Análisis funcional: qué lo dispara, cómo respondes, qué consecuencias mantienen el patrón.
Disputamos creencias irracionales y construimos nuevas respuestas con TREC y ERP.
Desarrollas herramientas propias para gestionar emociones sin depender indefinidamente de terapia.
Atención para niños, adolescentes y adultos. Presencial en Santiago y online.
Sesiones enfocadas en identificar y transformar los patrones de pensamiento y conducta que generan sufrimiento emocional.
Trabajo con los patrones relacionales que generan conflicto, distancia o repetición de ciclos dañinos en el vínculo.
Grupos terapéuticos estructurados con enfoque TREC. El grupo como espacio de aprendizaje y confrontación de creencias.
Intervención en los sistemas relacionales que sostienen el malestar de uno o más miembros de la familia.
Protocolo estructurado de 12 semanas basado en el modelo de Abramowitz. Para ansiedad, fobias, TOC y pánico.
Para quienes vivieron experiencias difíciles con sustancias psicoactivas y no encontraron el acompañamiento adecuado.
Basado en el trabajo de Jonathan Abramowitz sobre análisis funcional y ERP. Entender la mecánica de la ansiedad es el primer paso para hackearla.
Lugar, pensamiento, sensación o recuerdo que activa la alarma
Interpretación catastrófica que dispara el miedo
Activación fisiológica, cognitiva y conductual
Escapar, esquivar, rituales, buscar reassurance
Refuerzo negativo que perpetúa el ciclo
La paradoja: evitar reduce la ansiedad a corto plazo, pero confirma la creencia de que la situación es peligrosa — y el ciclo se hace más fuerte con cada repetición.
Desarrollada y sistematizada por Jonathan Abramowitz, la ERP interrumpe este ciclo de forma deliberada. No se trata de eliminar la ansiedad, sino de aprender que puedes tolerarla sin que ocurra lo que temes y sin necesitar escapar de ella.
El mecanismo: aprendizaje inhibitorio — no se borra el miedo, se crea una nueva memoria que le gana terreno.
Mapeamos antecedentes, respuestas y consecuencias de tu patrón específico.
Escalera graduada de situaciones temidas, de menor a mayor malestar subjetivo.
Te acercas deliberadamente a lo que temes, en dosis calibradas y con acompañamiento.
Eliminamos las conductas de seguridad que impiden consolidar el nuevo aprendizaje.
Trasladamos lo aprendido a la vida cotidiana para que funciones de forma independiente.
La Terapia Racional Emotivo Conductual, creada por Albert Ellis en 1955, parte de una premisa simple: no son los eventos lo que nos perturba, sino lo que pensamos de ellos.
Trabaja identificando y disputando las creencias irracionales — exigencias absolutas, catastrofización, baja tolerancia al malestar, evaluación global del ser — para transformarlas en creencias funcionales y flexibles.
La situación real o imaginada que desencadena el malestar (un conflicto, un síntoma, una crítica).
Lo que te dices sobre lo que ocurrió. Las creencias irracionales generan emociones disfuncionales; las racionales, emociones funcionales.
Ansiedad, rabia, depresión no son consecuencia de A, sino de B. Cambiar B cambia C.
"Debo hacer todo perfectamente". La TREC transforma estos 'debería' rígidos en preferencias flexibles.
Evaluar dificultades como lo peor posible. Aprendemos a distinguir lo incómodo de lo verdaderamente catastrófico.
"No puedo soportar sentirme así". La tolerancia al malestar es una habilidad central para el cambio duradero.
"Soy un fracasado/a". La TREC diferencia conductas concretas de la valía global de la persona.
Para quienes tuvieron una experiencia con sustancias psicoactivas que no pudieron procesar — por el contexto equivocado, falta de acompañamiento, o una terapia que la abordó de forma inadecuada. No administramos sustancias. Integramos lo que ya ocurrió.
Daniel Varas acumuló años de práctica clínica especializada en procesos de integración psicoterapéutica en el Centro de Medicina Tradicional Amazónica Ojo de Luna, Perú — uno de los contextos con mayor volumen y profundidad de este trabajo en Latinoamérica.
Una experiencia de expansión de consciencia — psicodélica, meditativa, respiratoria o espontánea — que desbordó la capacidad de integración de la persona. Puede generar ansiedad persistente, disociación, despersonalización, crisis de sentido o dificultad para "volver" a la vida cotidiana.
Escuchamos la experiencia completa sin patologizarla ni minimizarla.
Construimos juntos un sentido de lo que ocurrió desde la psicología y la fenomenología.
Ansiedad, disociación o flashbacks con técnicas validadas.
Reconexión con la vida cotidiana, relaciones y proyecto personal.
La ira es una emoción moral — y eso la hace especialmente difícil de trabajar. Quien la sufre suele tener razón en que algo injusto ocurrió. El problema no es la ira en sí: es que no pueden soltarla.
Guardada, se transforma en resentimiento crónico que consume la energía y envenena el día a día. Expresada sin control, genera consecuencias relacionales, laborales o legales que alimentan el ciclo. Algunos se irritan constantemente — cualquier contratiempo menor es suficiente para detonar. Otros acumulan en silencio hasta explotar, frecuentemente de forma desproporcionada ante quien menos se lo merece.
Aunque el DSM-5 no tiene un diagnóstico exclusivo para la ira, más de 32 trastornos la incluyen como síntoma central. Los estudios muestran que los profesionales de salud mental frecuentemente asignan diagnósticos más graves de lo que los síntomas reales indican. Cuando la ira coexiste con ansiedad o depresión, el tratamiento se vuelve más complejo — y más urgente — si no se trabaja directamente con ella.
Ansiedad por separación: No es solo que un niño llore al ir al colegio. En su forma clínica, la persona anticipa catástrofes cuando sus figuras de apego se van, no puede estar sola y desarrolla síntomas físicos reales — cefaleas, náuseas, dolor abdominal — cada vez que la separación se aproxima.
Fobias específicas: El miedo es concreto, inmediato y completamente desproporcionado al peligro real. Una araña en una esquina puede generar el mismo nivel de activación que una amenaza de vida. La persona lo sabe perfectamente — y eso hace la experiencia aún más frustrante.
Ansiedad social: No es timidez. Es la certeza anticipada de que los demás van a notar algo malo en ti — que verán tu nerviosismo, que detectarán que no sabes de qué hablas, que te juzgarán. La situación social se convierte en un juicio con veredicto ya determinado de antemano.
Trastorno de pánico: Un ataque llega sin aviso: palpitaciones, sensación de ahogo, mareo, miedo a morir o a volverse loco — y todo en pocos minutos. Lo que ocurre después suele ser más incapacitante que el ataque mismo: el miedo al miedo, la vigilancia constante sobre el cuerpo buscando señales de que "viene otro".
Agorafobia: No es solo miedo a los espacios abiertos. Es el terror a quedar atrapado sin salida posible — en el metro, en un centro comercial, en una reunión. El mundo se va reduciendo hasta que la única zona segura es la propia casa.
Ansiedad generalizada (TAG): La preocupación no se apaga. Saltamos de un tema al siguiente — el trabajo, la salud, los hijos, el dinero — sin que ninguna tranquilización funcione por más de unos minutos. El cuerpo siempre está en alerta, la mente siempre en análisis, y el agotamiento es constante aunque no haya pasado nada.
Hipocondría (ansiedad por enfermedad): La persona está convencida de tener una enfermedad grave pese a que los exámenes dicen lo contrario. Revisa su cuerpo, consulta médicos, investiga síntomas en internet — y cada búsqueda alimenta la ansiedad en lugar de calmarla. O en el extremo opuesto: evita cualquier consulta médica por terror al diagnóstico.
Los trastornos bipolares no son solo "cambios de ánimo". Son ciclos que van mucho más allá de la tristeza y la alegría normales. En un polo: energía desbordante, planes grandiosos, sensación de invulnerabilidad y poco sueño. En el otro: la depresión más profunda. La complejidad está en que ambos polos no siempre se reconocen desde adentro — y en que los episodios maníacos pueden sentirse bien, lo que hace más difícil buscar ayuda.
Trastorno bipolar I: Al menos un episodio maníaco completo — energía anormal, pensamiento acelerado, euforia, drástica reducción del sueño, conductas impulsivas o autodestructivas. Puede alternarse con depresión grave. En los episodios más severos pueden aparecer síntomas psicóticos.
Trastorno bipolar II: La manía no llega a su expresión completa — es hipomanía: estado elevado, alta energía, habla acelerada, conductas de riesgo, pero sin la desorganización total. La depresión suele ser el estado predominante y más discapacitante. Muchas personas son diagnosticadas erróneamente solo con depresión durante años.
Trastorno ciclotímico: Oscilaciones crónicas entre periodos hipomaníacos y depresivos que no alcanzan la intensidad de los episodios completos, pero persisten durante al menos dos años. La persona rara vez está estable más de dos meses seguidos. Se manifiesta como labilidad emocional, reacciones exageradas ante estresores menores y una inestabilidad basal que deteriora relaciones y funcionamiento cotidiano.
No todo lo que genera sufrimiento tiene nombre en el DSM. Hay problemas de vida — reales, concretos, con impacto medible en el trabajo, las relaciones y el bienestar — que merecen atención clínica sin necesidad de ser un trastorno.
Habilidades sociales y asertividad: La dificultad para relacionarse puede manifestarse de dos formas opuestas: no poder expresar lo que uno necesita y tragarse todo, o expresarlo de una manera que los demás perciben como agresiva. Ambos extremos generan el mismo resultado: relaciones que no funcionan. El entrenamiento en asertividad trabaja directamente esa brecha.
Cambios de carrera y estilo de vida: Los grandes cambios — de trabajo, de ciudad, de relación, de proyecto de vida — generan ansiedad anticipatoria, frustración durante la adaptación y culpa retrospectiva sobre las decisiones tomadas. La TREC trabaja con la aceptación de que se tomó la mejor decisión posible en ese momento, y que los errores no definen el valor de la persona.
Procrastinación: No es flojera. La procrastinación crónica — que afecta aproximadamente al 20% de las personas — tiene tres formas: evitativa (miedo al fracaso o al éxito), buscadora de adrenalina (necesidad del rush del último momento) y decisional (incapacidad para decidir como forma de eludir la responsabilidad). Las tres producen el mismo ciclo de postergación, culpa y urgencia.
Dificultades relacionales: Conflictos crónicos con pareja, colegas, amigos o familia — frecuentemente exacerbados por ansiedad, déficits en comunicación, ira no resuelta o falta de asertividad. La terapia trabaja tanto las habilidades concretas como las creencias subyacentes que generan los patrones relacionales repetitivos.
La depresión no es tristeza. Es la incapacidad de sentir lo que antes se sentía — un entumecimiento que afecta el interés, la energía, el apetito, el sueño y la capacidad de pensar con claridad. La mente gira en torno a fracasos pasados y proyecta un futuro sin salida.
Trastorno de desregulación disruptiva del estado de ánimo: Irritabilidad severa y persistente en niños y adolescentes, con explosiones de temperamento frecuentes — tres o más veces por semana — que ocurren en al menos dos contextos y duran más de un año. Entre los episodios, el humor irritable es constante y visible para quienes rodean al niño.
Trastorno depresivo mayor (TDM): Estado de ánimo deprimido y pérdida de interés en casi todo durante al menos dos semanas. A esto se suman cambios en el apetito, el sueño y el peso, fatiga, dificultad para concentrarse y pensamientos recurrentes de desesperanza, inutilidad o muerte. Quienes lo viven describen un entumecimiento emocional profundo y una rumiación constante sobre todo lo que creen haber fallado.
Trastorno depresivo persistente (Distimia): Menos intenso que el TDM, pero más duradero: al menos dos años de tristeza continua, baja energía, dificultad para concentrarse y pérdida de placer en lo cotidiano. La persona nunca está libre de síntomas por más de dos meses seguidos. Muchos consultan recién después de años, convencidos de que simplemente "son así".
Los trastornos alimentarios no son sobre la comida. Son sobre el control, la identidad y el malestar emocional que encuentra en la relación con el cuerpo y la alimentación su campo de batalla. Y porque los síntomas pueden ser invisibles — especialmente en bulimia y trastorno por atracón — es frecuente que pasen años sin ser identificados.
Anorexia nerviosa: Peso significativamente bajo, miedo intenso a engordar y una percepción del propio cuerpo que no coincide con la realidad. Reglas rígidas sobre la alimentación que pueden incluir también episodios de atracón y purga. Las complicaciones médicas — cardíacas, óseas, endocrinas — pueden ser graves e irreversibles si no se trata a tiempo.
Bulimia nerviosa: Ciclos de atracón — ingestión de grandes cantidades de comida con sensación de pérdida de control — seguidos de conductas compensatorias: vómitos, laxantes, ayuno o ejercicio excesivo. El peso puede ser normal, lo que hace que el trastorno pase desapercibido. La autoevaluación está dominada de forma excesiva por la figura y el peso corporal.
Trastorno por atracón: Episodios recurrentes de atracón sin conductas compensatorias: comer más rápido de lo normal, hasta sentirse incómodamente lleno, sin hambre física, frecuentemente en soledad por vergüenza — seguido de culpa, asco o depresión. Es el trastorno alimentario más prevalente en adultos.
Trastornos alimentarios no especificados: Para quienes no cumplen todos los criterios diagnósticos pero tienen una relación significativamente problemática con la alimentación, el peso o la imagen corporal. El sufrimiento no requiere un checklist completo para merecer atención.
Los trastornos de personalidad no son "manías" ni "rarezas de carácter". Son patrones profundos, estables y pervasivos de experiencia interna y conducta que divergen de lo que el entorno espera — en cómo se piensa, se siente, se relaciona y se gestiona la impulsividad. Generan deterioro significativo y sufrimiento, tanto para quien los vive como para quienes lo rodean.
Personalidad antisocial: Desprecio persistente por los derechos de los demás desde la adolescencia. Engaño, impulsividad, agresión y ausencia de remordimiento. La conducta se racionaliza constantemente.
Personalidad evitativa: Inhibición social crónica, hipersensibilidad a la crítica y sentimiento persistente de inadecuación. La persona evita situaciones interpersonales por temor a la evaluación negativa — no por indiferencia, sino por un dolor anticipado muy real.
Personalidad borderline (TPL): Inestabilidad emocional intensa vinculada a la identidad y las relaciones. Miedo al abandono real o imaginado, impulsividad — autolesiones, consumo, conductas de riesgo — y una disfunción relacional crónica caracterizada por ciclos de idealización y devaluación.
Personalidad dependiente: Incapacidad percibida para cuidarse a sí mismo. Dificultad para decidir o asumir responsabilidades sin apoyo externo. Tolerancia de relaciones abusivas por temor a quedar solo; búsqueda urgente de una nueva relación en cuanto una termina.
Personalidad histriónica: Emociones dramáticas y fluctuantes. Necesidad de ser el centro de atención. Uso de la apariencia o el comportamiento seductor para captarla. Tendencia a percibir relaciones como más íntimas de lo que realmente son.
Personalidad narcisista: Grandiosidad, necesidad de admiración excesiva y falta de empatía. Bajo la aparente superioridad opera una sensibilidad marcada al rechazo y la crítica que con frecuencia impulsa la conducta de forma más determinante que el propio ego.
Personalidad obsesivo-compulsiva (TPOC): Preocupación persistente por el orden, el control y el perfeccionismo que interfiere con la finalización de tareas y el disfrute de la vida. Rigidez, obstinación, dificultad para delegar. Distinto del TOC: aquí no hay obsesiones intrusas, sino un estilo de personalidad global de control e inflexibilidad.
Personalidad paranoide: Desconfianza generalizada y suspicacia ante otros, interpretando sus acciones como maliciosas sin suficiente evidencia. Rencor prolongado, reluctancia a confiar, irritabilidad inmediata ante la percepción de un insulto.
Personalidad esquizoide: Preferencia genuina por la soledad y desapego hacia las relaciones — no por ansiedad social, sino por indiferencia real al contacto interpersonal. Rango emocional restringido y dificultad para empatizar.
Personalidad esquizotípica: Creencias y experiencias perceptuales inusuales, lenguaje y comportamiento excéntrico, y ansiedad social intensa de base paranoide. Ausencia de relaciones cercanas fuera del entorno familiar inmediato.
El trauma no es lo que te pasó. Es lo que quedó grabado en tu sistema nervioso cuando el evento superó tu capacidad de procesarlo. El cuerpo y la mente quedan atrapados en modo supervivencia — respondiendo a amenazas que ya no existen como si todavía estuvieran ocurriendo.
Trastorno de estrés postraumático (TEPT): Miedo intenso, indefensión u horror experimentados tras la exposición a un evento traumático — muerte real o amenazada, daño grave o amenaza directa a la integridad física propia o de personas cercanas. Los síntomas incluyen reviviscencia del trauma (flashbacks, pesadillas), evitación activa de todo lo que recuerde el evento, hipervigilancia, sobresalto exagerado, embotamiento emocional y culpa del sobreviviente. Persisten más de un mes y generan deterioro significativo en el funcionamiento cotidiano, laboral y relacional.
Daniel Varas es psicólogo clínico de la Pontificia Universidad Católica de Chile con 16 años de práctica ininterrumpida. Cuenta con certificación en Terapia Racional Emotivo Conductual otorgada por el Albert Ellis Institute de Nueva York, formación en Psicología Positiva y una trayectoria clínica construida sesión a sesión en el trabajo con adultos que enfrentan ansiedad, depresión, trastornos del ánimo, ira, problemas relacionales y crisis de sentido.
"Después de 16 años, sigo convencido de que la psicología más efectiva es la que va directo a las creencias que generan el sufrimiento — no a los síntomas."
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